El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, aterriza en Washington D. C. para concretar una de las cumbres bilaterales más determinantes de los últimos años. En un contexto internacional signado por la puja arancelaria, el control sobre la tecnología estratégica, las disputas marítimas y la recomposición de alianzas trasatlánticas, la visita del mandatario chino a suelo estadounidense vuelve a poner en el centro de la escena el contrapeso de poder entre Pekín y la administración norteamericana.
A sus 73 años y tras más de una década al frente del Partido Comunista Chino (PCCh), Xi consolidó una estructura política que redefinió el lugar del gigante asiático en la geopolítica mundial. Lejos de la posición prudente que caracterizó a administraciones anteriores, la gestión de Xi promovió una diplomacia asertiva mediante iniciativas como la Franja y la Ruta, al tiempo que reforzó la alianza estratégica con la Federación de Rusia de Vladimir Putin y afianzó la presencia china en el denominado Sur Global.
El perfil del jefe de Estado chino condensa una trayectoria atravesada por las transformaciones internas del régimen comunista. Hijo de Xi Zhongxun —referente histórico de la revolución expulsado del partido durante la Revolución Cultural—, Xi pasó de integrar la élite de Pekín a cumplir siete años de trabajos en zonas rurales tras caer en desgracia su entorno familiar. Tras la rehabilitación política de su padre, escaló posiciones gubernamentales en las prósperas provincias costeras de Fujian y Zhejiang, hasta ingresar en 2007 al Comité Permanente del Buró Político y asumir la conducción máxima del país en 2012.
Su estadía en Estados Unidos se produce en un escenario sumamente distante de su primera aproximación al país norteamericano hace cuatro décadas, cuando visitó zonas agrícolas como funcionario local. Hoy, la relación bilateral se sitúa en un eje de estricta competencia hegemónica, donde la acumulación de poder del régimen comunista, la eliminación de los límites de mandato presidencial en la Constitución china y la retórica de soberanía sobre Taiwán tensionan la agenda global y desafían de manera directa el orden de posguerra.
