Estados Unidos completó el retiro definitivo de sus fuerzas militares de territorio iraquí, poniendo fin a más de dos décadas de presencia armada iniciada con la invasión de 2003 que derrocó a Saddam Hussein. La salida, acordada formalmente en el marco del fin de la misión contra el Estado Islámico (EI), responde en rigor a un creciente esquema de vulnerabilidad operacional de las tropas ante el incremento de las tensiones bélicas en Oriente Medio y la constante presión de sectores locales proiraníes que exigían el fin de la injerencia extranjera en Bagdad.
A lo largo de 23 años de intervención, la huella estadounidense dejó un balance profundamente cuestionado que distó de consolidar un Estado próspero y democrático. El desmantelamiento del régimen anterior derivó en años de insurgencia, fragmentación social y la infiltración de redes de poder tuteladas por Teherán dentro del propio aparato estatal iraquí. Pese a que analistas destacan la preservación de libertades políticas relativas y la autonomía en la región del Kurdistán, la corrupción estructural y el predominio de milicias armadas reflejan la fragilidad de las instituciones tras el paso de Washington.
El repliegue de las unidades de combate no implica la interrupción total del dominio económico y diplomático de la Casa Blanca en el país. Irak continúa supeditado a la moneda estadounidense por sus exportaciones de petróleo, así como a la asistencia en materia de inteligencia y armamento, mientras alberga la embajada más grande del mundo en Bagdad. No obstante, la partida final de las tropas reabre la incertidumbre ante el eventual resurgimiento de células extremistas y la disputa por la hegemonía política entre Bagdad, Teherán y las milicias locales.
