En el marco de un nuevo aniversario del reconocimiento de la autonomía de Entre Ríos —decretada por Buenos Aires el 10 de septiembre de 1814.
La historia oficial suele priorizar los grandes hitos militares e institucionales, omitiendo los rasgos de conducta, las dinámicas de poder y las peculiaridades cotidianas de los hombres que dirigieron el destino del territorio. Ramón Martínez, docente jubilado oriundo de Maciá y autor del libro Efemérides entrerrianas, rescata una serie de episodios que echan luz sobre el carácter e idoneidad de los principales caudillos y mandatarios locales.
Entre los pasajes documentados se destaca la figura de Pascual Echagüe, gobernador entre 1832 y 1841 en una etapa de marcada fragmentación institucional donde la provincia había tenido 25 gobernadores en solo cinco años. Echagüe impuso medidas de estricta disciplina militar, como un decreto de 1836 que obligaba al uso de bigote bajo pena de arresto a las tropas, al tiempo que exigía pausar los enfrentamientos para consumir mate con tortas fritas, sosteniendo que la infusión era un requisito para el combate. Por su parte, el caudillo Francisco «Pancho» Ramírez combinaba la conducción armada con un calculado despliegue popular: tras las contiendas se despojaba de su atuendo oficial para participar de bailes populares en las localidades, bajo la premisa de vincular la causa bélica con el bienestar popular.
La administración del poder también mostraba particularidades en el general Justo José de Urquiza. Quien fuera presidente de la Confederación Argentina empleaba el consumo de mate como filtro diplomático para evaluar la confianza de reyes, ministros y mandatarios extranjeros. Asimismo, el docente rescata la impronta de Tomás de Rocamora, responsable de unificar el territorio bajo la denominación de «Entre Ríos» y fundador de Gualeguaychú, Concepción del Uruguay y Gualeguay en 1783, caracterizado por priorizar el desarrollo edilicio escolar sobre el militar.
Finalmente, la historia reciente registra la templanza institucional ante situaciones de conflicto. Durante la crisis socioeconómica de 2003, el entonces gobernador Sergio Montiel fue agredido físicamente por un comerciante en Urdinarrain, sufriendo la rotura de sus anteojos. Tras el incidente, Montiel optó por restarle dramatismo al golpe, minimizar el hecho personal y continuar con el acto oficial de entrega de viviendas, marcando un estilo de conducción enfocado en la agenda de gestión pese a las tensiones de la época.
