El deterioro sistémico de la infraestructura pública en Cuba alcanzó un punto de alta tensión social ante la parálisis del sistema de distribución de agua potable y la entrega de fluido contaminado en miles de hogares. Organizaciones independientes y denuncias ciudadanas documentaron el suministro de agua turbia y con mal olor en diversos municipios de La Habana y provincias del interior, una situación que expone el riesgo epidemiológico al que está sometida la población por la falta de saneamiento básico.
La problemática responde a una combinación de obsolescencia técnica en la red de acueductos, la filtración de aguas residuales por roturas estructurales y la parálisis de las plantas de tratamiento ante la falta de insumos químicos clave como el cloro. A este cuadro se suma el impacto de las interrupciones del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), que detienen de forma prolongada los motores de las estaciones de bombeo, dejando a comunidades enteras sin suministro durante semanas o recibiendo líquido no apto para el consumo ni la higiene personal.
Mientras las viviendas sufren la falta del recurso, la persistencia de importantes fugas en la vía pública pone en evidencia la falta de capacidad operativa y de inversión por parte de las autoridades estatales para encarar el mantenimiento del sistema. El colapso del servicio hídrico se suma así a la crisis de los servicios esenciales en la isla, transformando el acceso al agua potable en un reclamo prioritario de la agenda civil.
