La escalada bélica en Oriente Medio vuelve a golpear el corazón de la economía global con una virulencia inédita. Por primera vez desde el inicio de las hostilidades, la gigante estatal Saudi Aramco ordenó la evacuación de su sede central en Dhahran e impuso el trabajo a distancia para su personal. La drástica medida se tomó tras una serie de ofensivas con drones y misiles atribuidas a las milicias rebeldes hutíes de Yemen —respaldadas por el régimen iraní—, que incluyeron bombardeos sobre el Aeropuerto Internacional Rey Fahd de Dammam y el yacimiento de Shaybah, dejando un saldo de cuatro muertos, múltiples heridos y severos daños materiales en infraestructuras clave.
Los ataques con drones no solo impactaron en el centro operacional desde donde se supervisan plataformas, refinerías y oleoductos saudíes, sino que alcanzaron objetivos gubernamentales en Riad y el aeropuerto de Abha. El portavoz militar hutí, Yahya Sarea, justificó la ofensiva como respuesta a más de 2.900 bombardeos ejecutados por la coalición liderada por Arabia Saudita en los últimos tres meses. Fuentes internacionales confirmaron que un ataque previo ya había provocado incendios de proporciones en varias plantas del edificio corporativo de Aramco, evidenciando la vulnerabilidad de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta frente a las tácticas de guerra asimétrica.
El impacto sobre los mercados financieros no se hizo esperar y encendió alarmas por una inminente crisis de suministros. Tras conocerse la evacuación y los daños operativos, el barril de crudo Brent saltó más de un 2,8% superando los USD 111, mientras que el West Texas Intermediate (WTI) rozó la barrera de los USD 100. En tanto, el presidente ejecutivo de Aramco, Amin al Naser, proyectó que la resolución del conflicto y la apertura de rutas como el estrecho de Ormuz podrían liberar una demanda contenida de tres millones de barriles diarios, en un mercado global debilitado tras la pérdida acumulada de 3.000 millones de barriles desde el comienzo de las hostilidades.
